Mocoa

Opinion

leonilocartel2015Las catástrofes naturales marcan su impronta al dejar muerte y desolación, como huella indeleble de su paso. Son tan atroces, es tal la brutalidad con la que asestan el golpe, que despiertan una onda de solidaridad no común para otro tipo de situaciones. Me refiero a la más reciente, por desgracia ni la última ni definitiva, las lluvias caídas sobre Colombia. De los damnificados por la imparable fuerza del agua, que cuando cae de modo tan intenso deja tras sí un enorme desastre, quedan aún muchas concreciones que realizar pues el número definitivo tardará en conocerse. En otras palabras, la naturaleza se basta y sobra para acabar de modo irremediable con vidas humanas.

Cuando ocurren este tipo de catástrofes, que a su paso dejan inenarrable dolor, surge la pregunta de si se pudo haber evitado. Los fenómenos meteorológicos se pueden prever – con cierto grado de aproximación – pero no se pueden evitar. El que en una sola noche cayese casi la mitad de la lluvia de un mes, resulta a todas luces imposible de impedir. Sin embargo, en este como en otros episodios de catástrofes, la mano humana si pudo haber realizado algo fundamental para que no se diese, al menos con la intensidad acaecida. Me refiero, al lugar en que se efectúan los asentamientos de la población. Múltiples son las ocasiones en que, por un emplazamiento erróneo de las edificaciones, los efectos de la catástrofe se multiplican por estar en el lugar inadecuado. Por desgracia, ni es el primero ni será el último, al no contar a la hora de la construcción con el historial de desbordamientos de los ríos donde se construye. En el caso que nos ocupa, tres.

Mientras en Colombia se lucha por salvar vidas; disminuir los efectos de la catástrofe; buscar a las personas desaparecidas y atender a las supervivientes, en su entorno – cercano o remoto, según se mire – continúa la actuación humana, que como las catástrofes naturales también va dejando a su paso muerte y desolación. Peor aún, pues la naturaleza cuando destruye no lo hace con saña, ni siquiera premeditando su acción. Si tuviesen en cuenta el comportamiento de aquella y la ubicación de los distintos accidentes geográficos en el territorio, quizá las víctimas y los desastres que a su paso deja serían menos.

Frente a esa inatención de la seguridad en la ocupación del territorio, contrasta la dilatada reflexión que se dedica a la preparación de los desastres guiados por la mano humana. Si no es por lo uno lo será por lo otro; así, la barbarie humana anda campando por su respetos desde tiempo inmemorial. Los únicos cambios, los avances producidos, lo son en la sutileza que imprimen a sus actuaciones, en lo que respecta a las víctimas suelen presentar algo de lo que, en el caso de las de los desastres naturales, carecen: la crueldad de los efectos provocados.

Acabemos con la insolencia humana, evitemos así futuras víctimas. Hagamos las cosas de modo adecuado, sin hurtar espacio a las correntías de agua y vidas a quienes no participan de las ideas de quienes suelen practicar, con evidentes signos de odio, la demoledora violencia. Que ni las que son producto de los desastres naturales ni las provocadas por la crueldad humana, continúen siendo noticia.


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