Mami, mi gran amiga Aúrea Aguiar (II)

Opinion

quicoespino2016Para mí fue un gran privilegio haber sido el amanuense particular de doña Aúrea Aguiar, una mujer de capa y espada, mi querida Mami, durante más de diez años. Cada mañana de verano, a eso de las nueve, me presentaba ante su puerta, portando conmigo una funda de plástico en la que llevaba varios folios escritos con sus poemas, reflexiones y cuentos, y, después de verla a través del mosquitero de la ventana, sentada en su sillón, leyendo un libro o el periódico, o entretenida con un crucigrama, yo emitía el ya habitual silbido que la hacía girar la cabeza hacia fuera, no sin antes esbozar una sonrisa.
-¡Ay, que ya vino mi pinzón azul! Que parece ser que no queda ninguno en los campos, y yo tengo uno en la playa –me dijo al levantarse para abrir la puerta. Nos besamos y, después de decirle una zalamería que la hizo reír, tomé asiento frente a ella y empecé a leer:

auritaaguiar02quico“Yo, en el ocaso de mi vida, también sueño.
Los sueños animan la existencia y ayudan a vivir “a largo plazo”.
Si al declinar no tenemos sueños, si no esperamos algo bello, ¿para qué vivir?
¿Se puede vivir sin sueños?
Soñemos que todos los problemas tienen solución y que el amor prima entre los seres humanos.
¿Soy ilusa acaso?
Si todos soñáramos... ¿no nos entenderíamos mejor?”

“Graznan las gaviotas, alborotadas.
Ha empezado a llover. Las gotas de lluvia corren por la cristalera sacudidas por el viento.
Un hombre, encogido en su sillón, frente a la chimenea, habla en susurros, como si temiera ser oído por la noche desapacible y oscura:
-Siento sed de ti. Ya no buscas mi calor en las noches frías. Ni tampoco mis ojos cuando destella el fulgor del relámpago. Mis labios tapaban tus oídos cuando tronaba. Tristes, amargos, mis labios rememoran ahora los tuyos. Puede que otra boca los esté besando.
El hombre mira por la ventana; no ve la delgada silueta que añora, corriendo, jugando con los perros por el jardín. Una ardiente tenaza agarrota su garganta, de la que, rota, brota su voz en un lamento:
-Yo quise ser tu dios. Que me adoraras. Pero en mi soberbia olvidé que tú eras una diosa.”

“Mi amor:
Mantengamos el secreto.
No se lo digas al viento, que siempre corre veleidoso y todo lo propaga.
No se lo digas a la luna, que es tan curiosa y cascabelera.
No se lo digas a las estrellas, que, aunque parezcan indiferentes, hacen guiños destellantes para que las miren.
No se lo digas al sol, que todo lo seca con sus rayos.
Mantengamos en secreto que del jardín corté un pensamiento y lo puse en mi corazón.
Mantengamos el secreto, amor.”

“Si gravitamos, si buscamos una estrella y nos dan desamor, procuremos no sentirnos solos. Siempre habrá ángeles buenos que nos darán calor con sus alas. Yo ya los he encontrado.”

Me quedé en silencio después de leer este último pasaje. La miré, emocionado, y vi dos lágrimas deslizándose por sus mejillas sonrosadas. Se las enjugó enseguida, con decisión, espantando los fantasmas, y me dirigió una preciosa sonrisa que la hizo parecer una niña bonita ante mis ojos. Tengo guardada esa sonrisa en mis recuerdos, al igual que la imagen de su imborrable figura mirando al inmenso mar, abstraída, perdida por completo tanto en la profundidad de las aguas como en la de su alma.


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