Se necesita poseer un mundo interior de gran calado, para dejar atrapado el fondo del mar, en un tapiz, sin título, cuyos elementos básicos, seda, algodón y lana, proceden de la tierra.
Este “paisaje soñado”, nacido al compás de la música sorda y reiterativa de un antiquísimo telar canario, es una de las bellísimas muestras que Olga de la Nuez expone en la Casa-Museo del pintor Antonio Padrón, en la Real Ciudad de Gáldar.
Una tranquila marea mueve las ondas de un fondo marino de brillante colorido. El dominio absoluto del color, “ese esfuerzo de la materia para convertirse en luz, que decía d´Annunzio, nos da la clave de la luminosidad que desprende esta obra valiosa, a la vez que reafirma la importancia de su autora en este difícil arte de connotaciones ancestrales.
Me decía un amigo, haciendo suyas las palabras del poeta, “si de algo me siento dueño, no es de la vida que vivo, es de mi sueño”. He pedido permiso al director del museo para poder admirar en silencio, retirado ya el público este impresionante tapiz soñado por Olga.
Anochece y la falta de luz diurna no afecta a ese fondo marino que me atrae, casi cobrando vida. Tres corrientes atraviesan, en horizontal, las aguas de este mundo sin par.
La primer, revestida de magenta y salmón, sigue su curso, tranquila. Aloja en su interior dos vistosas algas esponja, pigmentadas en verde tierno. Son los dos primeros signos de vida en tan singular paisaje.
La segunda, corazón latente de la obra, lleva consigo toda la riqueza y frondosidad del mundo subacuático. Una densa gama de colores se despliega, en escala ascendente, desde el rosa pálido, marfil y violáceos, al azul intenso del sugestivo lago interior. Como toque central, una familia de moluscos abandona la escollera y se dispersa, buscando el placton que aporta la casi imperceptible corriente, ajena a la presencia del nácar nacido en su interior y se trasluce en cambiantes reflejos tornasolados, al exterior.
La terrera corriente cae en cascada por el lateral izquierdo. Sus aguas cálidas se mecen en el colorido ardiente de la madre tierra, abarcando desde las tonalidades ocres y naranjas al bermellón, y coral. Dos espléndidas algas esponja semejan bosques submarinos, aislados, tal es la intensidad de los verdes que lucen sobre el fértil suelo que les da vida.
Si de algo me siento dueño, no es de la vida que vivo, es de mi sueño. Existe, en determinadas obras de arte, una atmósfera sutil, especial que las relaciona de forma sorprendente. Hoy el “Paisaje soñado”, de Olga de la Nuez y “El rayo verde” de Antonio Padrón, están bajo un mismo techo, a poca distancia entre ellos y, tal vez sea porque la nostalgia del adiós de la pescadora de A. Padrón, encuentra cobijo en la serenidad acogedora del mar de Olga; porque del vuelo afilado de las gaviotas de Antonio se desprenden sobras diamantinas, bañadas en el mismo azul añil, evocador, del lago central de Olga, o porque la placidez de las dos estrellas, rojas, como el coral, que Antonio dejó caer en el borde mismo de su obra, encuentra réplica en el espectacular lirio de mar que, también en la parte inferior de la obra y no sólo al borde, sino, incluso, traspasándola, en atrevida visión vanguardista de Olga, lanza sus enmarañadas tentáculos al exterior, será por todo esto, tal vez, por lo que creo que esa conexión inexplicable, esa atmósfera sutil, única, se puede dar entre dos obras, naciendo así una interrelación enriquecedora para el mundo del arte.
Una vez más, mi enhorabuena a D. César Ubierna, director de esta Casa-Museo, por su labor y entregas generosas al frente de esta institución, convertida en importante faro cultural que rompe fronteras y atrae a tantos visitantes llegados de todas las nacionalidades.
Se encuentra entre nosotros, un gran amigo, que mucho ha tenido que ver en el éxito de esta exposición. Dicen que detrás de un gran hombre se encuentra una gran mujer. Hoy invierto esos términos para afirmar, que detrás de una gran mujer se encuentra un gran hombre. Ese hombre inteligente, reservado y observador, el doctor D. Juan Antonio de la Nuez, prestigioso psiquiatra y artista, es el fiel mentor de Olga.
El extraordinario dominio del color de los lienzos de Juan Antonio, corre paralelo al que Olga demuestra en sus tapices y esta cohesión, casi fuerza de atracción artística, no buscada constituye ya de por sí, el más bello homenaje a toda una vida unidos.
En su obra el “Banquete”, Platón dice del amor, “es un echar de menos, un buscar lo que no se tiene, lo que falta” y narra cómo, en un principio, el demiurgo creó al hombre con dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas, unidas a un tronco común. Luego, con un gesto violento, los separó, lanzando cada una de las partes a los extremos opuestos del mundo.
Desde entonces, cada una de ellas, busca desesperadamente, su otra mitad. Sólo los elegidos tienen la dicha de encontrarse, Olga y Juan Antonio de la Nuez, entre ellos.




























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