El joven era decidido, de una sinceridad infinita. Vestía guayabera de hilo vaporoso, manda de su bisabuelo Nazario.
Cruzaba los platanales y cañaverales en un citroën de chapa ondulada; feriando artículos de mercería, ferretería y pólizas de seguros, todo en la trasera del “dos caballos”.
El megáfono, anunciaba su presencia ambulante. Sobre una estera esparcía: botones, encajes... Baldes, clavos, charnelas y una escoba melenuda. En el ángulo opuesto a las baratijas, una mesa coja y una silla plegable a modo de oficina. El coro alrededor, crecía o menguaba; según la demografía, la hora de la siesta o la canícula del trópico.
Aseguró los cerdos, los tejados de cinc, las hamacas de los bebés, la virginidad de las jóvenes, los versos de los poetas, las casullas del Cardenal y la continuidad del Presidente de la República.
Murió años más tarde, en el interior de la selva:
“Mortal encontronazo entre un tigre y dos caballos”. Publicaron los periódicos.
El Presidente, con su Gabinete de Crisis, acordó tres días de luto nacional y edificar un monolito en la Plaza Mayor, en su honor.
Y allá, escrito está, con caracteres góticos.
“Al vendedor de seguros... Bienhechor de la Patria”.





























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