No hay más que revisar los roperos y las viejas cajas para que los objetos de la infancia que marcaron nuestras inocentes miradas regresen a la imaginación y al recuerdo. Por ejemplo, el plato de la imagen. Estuvo colocado en las paredes de mi pequeña casa en Los López durante muchos años; hacía pareja con otro que se rompió. Y cuando lo hemos vuelto a ver, la sensación agradable del regreso a un tiempo feliz ha sobrevenido como por arte de magia: son los objetos cotidianos que regresan para hablar de un tiempo ido; de un tiempo y un espacio que con el paso de los años creíamos olvidado. Pero no es así. Nunca es así.
Los recuerdos regresan en el momento oportuno; son ellos los que nos eligen a nosotros.






























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