Tiene la capital el encanto de la amplitud y de la inmensidad. A pesar de vivir en una isla pequeña, el mar nos la alarga y nos hacer ver y sentir que no estamos aislados. Bueno, que no estamos aislados del todo.
Por eso los domingos por la mañana nos reencontramos con el espíritu y el alma: es el momento de lo interior y lo trascendente. Así que cuando caminamos por la Avenida Marítima, solo escuchamos las olas que suavemente tropiezan en la orilla: es la manera que tiene el mar de saludar.
“Mírame, por favor: necesito tu mirada para poder seguir acariciando la isla que tanto amo”, dijo el Atlántico desperezándose delicadamente.




























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