Calles en el mar
Cuando las calles se asoman al cielo azul, el gris de los adoquines pierde su acento natural y se transforma en un tono débilmente azulado, como el mar del norte en los días medio nublados. El agua es el adoquín y las aceras, apenas demarcadas, son las orillas por las que transitamos. El mar está más cerca de lo que parece. La humedad del ambiente, que va calando en los huesos como si estuviera anunciando el próximo resfriado, se transforma en el maroto. El blanco de las casas se asemeja a las olas que, en su eterno vaivén, nos traen los recuerdos lejanos y los navegantes olvidados, como dice García Márquez. Y las algas marinas, representadas por los árboles del parque San Juan, juegan con su movimiento pausado y armonioso para indicarnos que debemos mirar hacia arriba, donde la lluvia; donde las nubes clareadas se asemejan a los ocultos pensamientos de los ciudadanos, que, en sus tareas cotidianas, disfrutan de una existencia acorde con el entorno.
Por eso el tamaño de mi ciudad es el ideal: el que me permite moverme con seguridad; como en una barca, mecida suavemente por los adoquines del mar.
(del inédito libro APENAS UN INSTANTE)





























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