
La playa de Ojos de Garza tiene el aire de las playas norteñas.
Y sus casas, donde la avenida es imposible, sostienen la arena rubia de la bajamar. El ruido de los aviones cercanos es como el del mar, pero con las olas en el aire. Es un sonido continuo que pronto dejamos de oír. Las casas, que corren el peligro de que desaparezcan por la ley de costas, se asoman al Atlántico modestamente, sin alaridos. Es esta playa la viva estampa de lo que un día fue Gran Canaria, mucho antes de que llegaran los turistas. Todavía existen lugares que nos transportan en el tiempo.
Solo hay que revisitarlos y redescubrirlos.





























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