Tienen el encanto de lo efímero y del color los fuegos artificiales.
Y su estruendoso sonido hace que nos tapemos los oídos, como si con nuestras manos pudiéramos taponar el ruido de las fiestas. Y toda fiesta que se precie debe tener unos fuegos artificiales que nos hagan mirar hacia arriba para observar, en apenas unos brevísimos minutos, el ingenio de una maravilla multicolor. Ya ven: un milagro cotidiano son los fuegos artificiales.
Pero hay otro milagro más: las caras de los chiquillos que se asoman con mirada inocente a un mundo aún por descubrir. Felicidad se llama.




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.34