Nubes de fuego
Cuando las nubes de fuego llegaron en la tarde de octubre, el presidente en defunciones ya había pronunciado el pregón de las fiestas, que era el mismo de la edición anterior. Solo la luz de la tarde amainó el dolor de los desahucios y de la listas de espera en sanidad, más que nada por cansancio acumulado. Mientras ellos, allá lejos, discutían y discutían y hacían lo contrario de lo que habían reiterado una y mil veces. La gente se sentía empanchada de tanto tacticismo y distanciamiento. Nunca antes la población había conocido tanto nivel de vulgaridad política, donde la mentira se había convertido en el principal argumento. Y el insulto, en el genio de la elocuencia.
“El bien de España” fue el pilar del nuevo argumentario, que se repitió en los editoriales de prensa deseosos de no perder el poder. Y el joder también. Las nubes de fuego anunciaron la lluvia, que no llegó. “Tanto preparar el cielo para nada”, dijo Dios en lo Alto, donde las cenizas ni se pueden quemar ni esparcir de manera alguna. Dios creó el Pacto y la Santa Abstención (¿o Abstinencia?). El pueblo, con el fútbol, dormía plácidamente dando gritos en las gradas y en las barras de los bares, donde se es más valiente que nadie, y, por las noches, en las emisoras de radio: todas a una adormeciendo. Luego llegó la votación y otra vez el cielo se incendió, como si fuera un finiquito en diferido. Los “sin escrúpulos” volvieron a tomar el poder. Y Trillo podía seguir en Londres y Wert en París: retiros dorados y palaciegos. Entonces Dios bajó del Cielo y echó a los mercaderes del templo. Pero eso solo ocurrió en aquella vieja película. En realidad, Dios no existe. La Maldad Cotidiana sí y hace rato (¿Rato?) que ha venido para quedarse. Y en EL PAÍS también.





























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