“La fiesta duró más de lo previsto. Mi amigo Pepe Arenales, que siempre dice que se va pero que da más vueltas que un tonto, se cogió una cogorza a la que me arrastró hasta las tres de la madrugada. Al día siguiente, la festividad de San Juan. Quería haber asistido a la procesión, pero las fuerzas no llegaron y los ronquidos roneros se mezclaron con los voladores y los sones de la banda de música. De Pepe Arenales no supe nada hasta una semana después. Sí recibí un mensaje extraño en el que decía que la iglesia había desaparecido y en su lugar, la chimenea del Ron. No entendí nada; bueno, lo cierto es que en aquellos primeros momentos no podía entender nada. Es lo que tiene la resaca. Solo recuerdo risas y más risas en el bar, donde el tiempo se había esfumado al mismo ritmo que los hielos del cubata. Cuando vislumbré lo que había pasado y las horas transcurridas, me encontré con la foto en el móvil. Simpática, sí. Pero solo un sueño. La Iglesia sigue en su sitio. Y así lleva “sienes de años. Amén.”




























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