No sé qué tiene el Puerto que siempre nos recibe con los brazos abiertos.
Es el Puerto de la Luz, bello nombre, la presencia constante de la isla entera; es el lugar de la expectación y del misterio. Y del exilio y la emigración. Por eso, cuando el otro día nos hemos acercado a él, no solo vimos a Morales, Rivero y Quesada, sino que más allá aventuramos a descubrir a Lezcano mezclado con las nuevas voces poéticas en estos tiempos convulsos. La bahía se disfraza cada tarde como si estuviera en un carnaval permanente de aguas tranquilas. Y cada instante nos devuelve páginas de espuma y versos llenos de salitre azul, y canciones nostálgicas que, con el pegajoso maroto, se han ido agrandando en las partituras renovadas.
Es el Puerto de la Luz una melodía inacabada.




























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