Cuando la tarde huye lentamente en su recorrido hacia el mar, la ciudad se enciende y deja en el aire nuboso los hilos de la esperanza. Todavía es la hora de la luz que, aunque débil, ilumina el devenir de sus habitantes. La montaña, la ciudad, la gente del lugar: estampa auténtica que se mueve al son de la existencia en el claroscuro de la tarde moribunda.
La vida se ha convertido en una melodía que, a veces, suena al unísono compás; y otras, desafina porque nos saltamos los tiempos, como si quisiéramos adelantarlos. De ahí la necesidad de caminar despacio. Y de poder descubrir lo verdaderamente interesante y significativo.




























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