Volver a Gáldar

Jesús Páez Martín Miércoles, 28 de Septiembre de 2016 Tiempo de lectura:

jesuspaez01Hay una hermosa canción de Joaquín Sabina en la que unos versos declaran que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver"... Y realmente es cierto que la nostalgia le prende a uno el corazón y se resiste por ello a re-visitar y encontrarse con el pasado grato o ingrato. Hubo un tiempo en que me resistí a volver incluso a mi propia patria chica. Sin embargo, como toda regla tiene su excepción y toda norma su incumplimiento, a través de una muy loable y grata iniciativa de los alumnos del Instituto "Saulo Torón", esta vez se me invita a una vuelta a Gáldar, al Noroeste de esta isla, lugar donde he sido infinitamente feliz. Además entendiendo por felicidad una actitud plena y vital donde cabía desde la satisfacción de un deber cumplido, la realización de un trabajo digno y fructífero y, sobre todo, el contacto grato y gratificante con unas personas que aportaban mucho en el día a día a lo largo de mi existencia. Eran y son los compañeros y alumnos, quienes, en palabras de una gran colega y amiga, "son los más agradecidos del mundo".

Pero nunca me olvidé de Gáldar ni del Noroeste, hasta el punto de que tuve allí -en el Valle de Agaete- un puñadito de tierra y una casita que hicieron las delicias de mi madre, feliz entre sus árboles, sus plantas y sus flores.

Gáldar -que aún no se llamaba "Saulo Torón"- fue mi primer puesto de trabajo, mi primer instituto recién acabada la carrera en la Universidad de Barcelona. Y hoy es para mí un tiempo y un lugar inolvidable, porque, naturalmente, es como el primer amor, que de por vida se lleva en el corazón.

Lo primero que siempre me ha conmocionado es la peripecia azarosa que me llevó a ese primer amor que no estaba siquiera en mis intenciones. Yo hubiera querido permanecer en Barcelona, en mi universidad, con el objetivo de continuar estudios hacia el doctorado. De hecho, un instituto de la ciudad condal me eligió para su claustro y, por azar, la carta en la que se me citaba llegó a mis manos tarde, cuando un telegrama me demandaba también para el Instituto de Gáldar, que acepté de inmediato. A un tiempo, la que era Escuela de Magisterio me había llamado para trabajar en ella. Pues bien, tras tanta demanda, yo decidí permanecer en Gáldar. Y hasta hoy, creo que fue la gran y mejor decisión de mi vida, pues constituyó el primer escalón que subí para, como dice el Lazarillo, "llegar a la cumbre de mi buena fortuna" que fue lograr un puesto docente en la tácita y casi imposible en aquellos años, Universidad de Las Palmas.

Gáldar me dio amigos que me abrieron su casa y me insuflaron la magia del Noroeste: las romerías, las ramas, los asaderos, los tenderetes, los carnavales... todo lo que yo no había disfrutado nunca y que, tristemente, al abandonar Gáldar, dejé de disfrutar.

Pero nunca me olvidé de Gáldar ni del Noroeste, hasta el punto de que tuve allí -en el Valle de Agaete- un puñadito de tierra y una casita que hicieron las delicias de mi madre, feliz entre sus árboles, sus plantas y sus flores.

Gáldar me dio compañeros leales que fueron capaces de luchar por mi en momentos difíciles como el de la obligación de incorporarme al servicio militar -18 meses nada menos en la Infantería de marina- momento en que me procuraron un horario adecuado y unas sustituciones internas que lograron que yo cumpliese con mis deberes superando el escollo de aquel absurdo servicio.

Gáldar me dio amigos que me abrieron su casa y me insuflaron la magia del Noroeste: las romerías, las ramas, los asaderos, los tenderetes, los carnavales... todo lo que yo no había disfrutado nunca y que, tristemente, al abandonar Gáldar, dejé de disfrutar.

Gáldar me dio alumnos y alumnas que todavía llevo en el corazón y que, además de hacerme sentir orgulloso de sus carreras, me han hecho sentir siempre la gratitud y el afecto que me propiciaron. No quiero nombrar a ninguno, no sólo porque serían muchísimos, sino porque siempre me faltaría alguien que no merece el olvido de mi memoria ya un poco encanecida.

Ciertamente, no voy a negar que también presentaba el Centro algunos aspectos negativos que tampoco podemos decir nocivos. Entre ellos, había cierta censura e incluso autocensura de la que ahora entono mis "mea culpa".

Algo que siempre recordaré de aquel tiempo y de Gáldar son las primeras impresiones de un pueblo y de unas gentes con un ardoroso deseo de ilustrarse, de salir de sus ambientes rurales y pobres, desasistidos en aquella época tardofranquista de bienes socialmente elementales. Me encontré en un instituto rural, pero no "de pueblo" aunque sí popular, aunque sea difícil entender este galimatías. Hace poco leí un artículo desolador acerca de la actitud de sus alumnos en un centro educativo uruguayo: desinterés, desatención, colgados al móvil, indiferentes ante lo que se les proponía... Inmediatamente pensé: lo contrario de lo que fue mi experiencia con los alumnos de Gáldar que se prestaban y entusiasmaban y agradecían con cualquier iniciativa por tonta o ingrata o fastidiosa que fuese. Vayan unos ejemplos: yo examinaba, con objeto de darles mas tiempo y no perder clases, los sábados por la mañana, algo que ni era legal y me arriesgaba a que los propios padres achacaran el fracaso de los exámenes de sus hijos a esa extemporaneidad de los sábados. Nunca tuve una queja, ni una desgana. Al contrario: era un día tan gratamente festivo que las alumnas acudían vestidas con sus mejores galas, despojadas del uniforme... tan felices. Yo mismo notaba la diferencia entre aquellas presas uniformadas y las que ahora se examinaban vestidas con sus mejores galas.

Pero por encima de todo, recuerdo el entusiasmo, la disponibilidad, la gana de compartir, el deseo de hacer cultura incluso con mordaza.

Ciertamente, no voy a negar que también presentaba el Centro algunos aspectos negativos que tampoco podemos decir nocivos. Entre ellos, había cierta censura e incluso autocensura de la que ahora entono mis "mea culpa". Las actividades culturales que llevé a cabo estuvieron muy lejos de ser las que un jovencito profesor progre, que amaba la literatura y el teatro de vanguardia, hubiera querido acometer porque cuando determinadas alumnas quisieron montar una obra de teatro, se nos aconsejó desde la dirección y jefatura de estudios que según qué temáticas, ni las rozáramos, que sólo venía bien escenificar vidas de santos. Y, en efecto, cercanas las vacaciones de Navidad, recuerdo haber montado un Auto de Navidad basado en textos de grandes poetas pero con cantables. Se incluía incluso un dúo que interpretaban dos queridísimos alumnos, uno de los cuales ya no está entre nosotros, que hacía las delicias del público por el gracejo de su interpretación. Creo que lo titulamos Los pastorcitos (¡menuda ridiculez!) y llegó a circuitar, como se dice ahora, hasta por el Caidero. Espero que entre los convocados al encuentro próximo se hallen los protagonistas de esta gran aventura cultural, adaptada a los tiempos que sirvió además para salir de un impasse traumático de infelice memoria en aquellos terribles tiempos de censura y falta de libertades que, afortunadamente, faltaba ya muy poco para poder erradicarlos y superarlos.

Pero soy consciente de que las experiencias y vivencias son muy personales y deben quedar en mí. Aunque es esta cordial convocatoria la que me ha obligado a revelar todo lo que significó para mí Gáldar, el centro, sus alumnos, los compañeros...

Una segunda actividad que recuerdo con gran entusiasmo, por el propio entusiasmo que despertó, fue iniciativa de mi querido amigo Pepe del Rosario quien propuso un Acto para la casa de Galdós. Los alumnos se hicieron cargo de la interpretación en teatro leído de una versión de los Episodios Nacionales que giraba en torno a tres fórmulas políticas: la revolucionaria (El Empecinado), la monarquía (Amadeo I) y se contemplaba también la República. Evidentemente, no se llegó a realizar del todo, excepto lo de Juan Martín, que tuvo un gran intérprete en alguien a quien me gustaría dar la mano tras tantos años... y espero también que los intérpretes se puedan dar la mano casi 40 años después de tamaña hazaña en aquellos duros tiempos.

Pero por encima de todo, recuerdo el entusiasmo, la disponibilidad, la gana de compartir, el deseo de hacer cultura incluso con mordaza.

Posteriormente -y la osadía iba “in crescendo”- mi colega y amigo Pepe montó una digna versión de la Antígona de Sófocles.

Aquella etapa de mi vida fue tan intensa, feliz y satisfactoria que ni lo sentía ni me he acordado ahora lo ingrato que era tener que levantarse tan temprano y tener que recorrer 24 kilómetros para ir a trabajar... ¡por la Cuesta de Silva! ¡y cuando estaba en obras para construir los puentes! ¡y cuando nos desviaban por Moya y llegábamos tarde a enfrentarnos con, al menos, dos terribles cancerberos!

Todo ello en un instituto rural de donde han salido alumnos que han llegado a cimas, puestos, dedicaciones y premios muy relevantes que harían el orgullo de cualquier centro educativo. Y no lo olvidemos, desde el pueblo, desde medios y ambientes carentes de muchas cosas que se echaban de menos, incluso en la formación previa de aquellos alumnos que hoy estrechan sus manos sin nostalgia, pero sí con el debido respeto al recuerdo.

Podría estar mucho tiempo evocando, revitalizando aquel centro donde empezó mi trayectoria profesional. Y relatando anécdotas de clase y fuera de clase que harían las delicias de todos. Pero soy consciente de que las experiencias y vivencias son muy personales y deben quedar en mí. Aunque es esta cordial convocatoria la que me ha obligado a revelar todo lo que significó para mí Gáldar, el centro, sus alumnos, los compañeros...

Guardo en mi mente y mi corazón muchos nombres, aquellos nombres tan evocadores de lo popular: Piso Firme, Marmolejos, el Agujero, Barrial, San Isidro, la Montaña; Caideros, el Valle, el Sao... y tantos otros que confluían allí, en el Instituto de Gáldar, de nombre actual "Saulo Torón"

Aquella etapa de mi vida fue tan intensa, feliz y satisfactoria que ni lo sentía ni me he acordado ahora lo ingrato que era tener que levantarse tan temprano y tener que recorrer 24 kilómetros para ir a trabajar... ¡por la Cuesta de Silva! ¡y cuando estaba en obras para construir los puentes! ¡y cuando nos desviaban por Moya y llegábamos tarde a enfrentarnos con, al menos, dos terribles cancerberos!

Pero arribábamos a un sitio grato, con unos seres humanos gratificantes, a ejercer un trabajo que se agradecía con afectos y respeto.

No les niego que me dio mucha rabia y disgusto que cuando ya construyeron los puentes y el trayecto se hizo más expeditivo... me tuve que marchar.

Y no puedo terminar sin aludir a un ser entrañable que fue quien me escogió para su instituto, porque era y será siempre -al menos el de aquella época- totalmente suyo. Me limitaré con inmenso respeto y cariño a escribir su nombre: Carmelina.

JESÚS PÁEZ MARTÍN*
Doctor en Filología Hispánica.
Premio de Investigación "Viera y Clavijo.
Catedrático de Bachillerato.
Profesor Titular de Literatura Contemporánea de la ULPGC.
Durante muchos años profesor de Lengua y Literatura en el Instituto de Gáldar “Saulo Torón”

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