El viejo molinillo de café ronda aún por la vieja casa. Primero estuvo en el Terrero, después en Los López y, por último, en Reloj. De las tres casas en las que viví con mis padres, el molinillo lo recuerdo desde la segunda, donde la infancia era un territorio sagrado y tristemente efímero lleno de tierra colorada y de gente en las calles, que eran zonas de juego. Y en la pequeña casa, mis padres: Perico y Laya.
El pez coloreado me trae los recuerdos de mi tía Ana y su casa sin hijos. Los vivos colores del pez nunca se apagaron. De mi tía Ana, y de su marido, José Almeida, me llegan los sabores de las fruta fresca del verano; los platos a rebosar que mi tía servía a José, y este, en mangas de camisa, daba cumplida cuenta día tras día.
Laya y Ana, hermanas, tan distintas, fraguaron la existencia de un tiempo que se ha desvanecido en los entresijos de la memoria y que recurrentemente regresa para decirnos lo deprisa que va esto.




























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