Cada año, cuando termina la procesión del Encuentro del Miércoles Santo en Gáldar, Carmenza Ramírez Auyanet y Jacinta García Batista, tienen una cita ineludible que es herencia de mujeres galdenses, la de vestir a la Virgen porque ellas son las camareras de La Virgen de Los Dolores de la Semana Santa de Gáldar.
Allá por los años 70 del siglo pasado, atendieron la llamada que les hizo Pepita Medina, para que cogieran el testigo que dejaron Paquita Miranda, Mercedes y Antoñita Delgado, y desde entonces son fieles a esta cita anual.
Con el paso de los años, son ellas dos, las que en medio del silencio y recogimiento del templo matriz de Santiago, acometen la grata tarea de vestir a la virgen de Los Dolores para la magna procesión del Viernes Santo.
Años atrás contaban con la ayuda de Lalita Suárez, Juana Mari Batista, Mercedita Pérez, que ya no están pero a las que ellas siguen recordando con gran cariño.
Se quedan a solas con la virgen a la que nunca la han visto desvestida del todo, porque le tienen un inmenso respeto, y para hacerlo con ese respeto, tienen sus mañas y trucos.
Comparten tristezas y alegrías según toque, mientras le ponen los zagalejos antes de vestirla con el traje de gala para la procesión.
Carmenza le acaricia la cara, y las dos, mientras hacen ese trabajo, le piden por la salud y el bienestar de lo suyos. Recuerdan como Pepita Medina, siempre cuando comenzaba el trabajo, quitando los alfileres, rezaba el Padre Nuestro, y ellas siguen manteniendo ese momento de intimidad, a solas, año tras año.
Desean que esta tradición de vestir a la Virgen se mantenga cuando ellas no estén, por lo que piden que las jóvenes se involucren en esta tradición.
Las Camareras de la Virgen de Los Dolores de la iglesia de Santiago de Gáldar son incansables, ya que ayudan a recaudar fondos para financiar los adornos florales de los tronos, ayudan en la decoración de los mismos, y a sus laboriosas y entregadas manos se deben faldones, vestidos como el de la Soledad, el de la Verónica, o el que luce la misma Virgen de Los Dolores a diario, manteles, etc, ya que también han sido costureras de los santos de la parroquia, una labor por la que nunca han recibido compensación económica alguna.
Pero su trabajo no queda ahí, ya que para el sábado de Resurrección, Carmenza hace hasta ocho litros de chocolate y sus deliciosos dulces, para celebrar con los feligreses ese gran día.
Para ellas el trabajo de vestir a la Virgen es un gozo, una alegría y agradecen a Fernando la ayuda en el retoque final, cuando ya está vestida y queda dar los últimos retoques.
Cuando terminan, se sientan en uno de los bancos del templo, y comparten la satisfacción del trabajo bien hecho, viendo a la Virgen hermosa. Es un momento de regocijo que solo ellos pueden disfrutar.
Cuando termina la Semana Santa, para ellas y todos los que colaboran en la parroquia, queda la ingrata tarea de recoger, pero allí están, siempre prestas a colaborar, a trabajar, a darlo todo porque así les nace del gran corazón que tienen y que es el que las mantiene para que cada año sigan cumpliendo con la tradición que en su día se les encomendó.



























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