Obra escultórica de Cayetano Guerra
Entre los días 4 al 31 del presente mes de marzo, en el espacio expositivo 'El Voladizo', de la Casa-Museo Antonio Padrón, de Gáldar, estará expuesta la muestra del escultor guíense, Cayetano Guerra, Musa/mujer. La propuesta está compuesta por 16 piezas de pequeño y medio formato, realizadas en bronce: 14 en pequeño formato, una en formato medio y otra pieza más, réplica o maqueta de la obra civil 'Las manos', instalada en la rotonda del Lomo Guillén en la subida a Guía de Gran Canaria.
Lo que, de entrada, llama la atención no es la exposición en sí, que también, sino que el escultor, tan reacio a mostrarse públicamente, tanto él como su obra, menos aun fuera de su entorno natural guíense, haya aceptado verse afectado por esta situación. Por lo que habrá que felicitar a la Casa-Museo de este logro y a su director César Ubierna hacerlo realidad. Sé de lo que hablo porque en el año 2013, cuando se dio inicio al proyecto expositivo Diálogos la Norte (Sala de la Casa Capitán Quesada), uno de los artistas pensados para conformar la muestra colectiva fue, precisamente, Cayetano Guerra, y ni siquiera por mediación de los otros 'Guerra' –hago mención al pintor y escultor Cristóbal Guerra y al pintor Juan Guerra, que acabó tomando su lugar en la muestra–, hubo manera de convencerle de tal participación.
Entrando en lo que es de interés, la exposición, destacar que la misma está dedicada en su totalidad a la mujer, es por tanto la mujer, en un sentido amplio y variado, el motivo central que recorre el trabajo realizado y aquí presentado por el autor. La mujer en su acepción más amplia y abarcadora, pues en ella quedan representadas maternidades, tanto sentadas o reclinadas como yacentes; mujeres, muchachas, jóvenes, en poses, posturas y composturas que aglutinan un amplio abanico de su condición. Mujer, por descontado musa, en la aspiración que el escultor alcanza y modula. Cargadas y otorgándoles valoraciones que van desde la joven oferente a la pensante, pasando por la sufriente o la gozosa, en un orden de sentimiento vario y poderosamente femenino.
La obra del escultor se distingue, de entrada, por su rigor clásico, el orden figurativo y, sin ambages, en la estructuración compositiva de piezas unitarias y exentas. Podría decirse de esta obra que abarca la otra cara del total del concepto escultórico que el artista maneja, pues fuera del orden de su obra religiosa, más allá de su imaginería clasicista, esta obra toca con la tradición de la escultura figurativa y recoge la manufactura de la modernidad que, heredada de finales del siglo XIX ya adentrada en el s. XX, trae reminiscencias desde Auguste Rodin hasta el propio Henry Matisse, no sin antes adentrarse en el ámbito menos visitado de, por ejemplo, Camille Claudel o Käthe Kollwitz –tal vez, por su propia condición femenina.
Hay, desde luego, y hasta fuera de tono estaría si algunas de las piezas yacentes no nos la trajeran, memoria de la obra de Henry Moore, que es, desde luego, el más fidedigno ejemplo de lo que la escultura actual figurativa debe traerse entre manos. Pero, asimismo, se adentra en la lectura de la escultura española del mediosiglo –al XX se hace referencia–, cuando se reconoce en ciertos rasgos del expresionismo figurativo que le vinculan con la obra de Pablo Serrano o un primerizo Eduardo Úrculo, hasta tocar la proximidad más inmediata, y que podemos encontrar en su par plástico, el escultor cubano-tinerfeño Manuel Bethencourt, por la proximidad de resolución en la materia, por el manejo de un lenguaje claro y rotundo y, sobre todo, por el tema que nos trae a colación: la mujer.
Pero hay, desde luego, un tono diferencial en la obra de Cayetano Guerra que otorga la marca esencial que el escultor maneja y se delata quizá en el sentido de sacralidad con que el artista dota a la pieza. Un acabado que aun entroncado con la tradición figurativa la dota de un aura que la separa y distingue del total de las otras manos hacedoras de formas. Haber meditado en las tantas posturas y composturas que de la mujer puede esperarse, desde la sagrada hasta la ocurrente, si se quiere, convierte a la propuesta y a la muestra en una exaltación, no ya de la figura femenina, que también, sino más allá de la invocación la mujer en su desnudez, que asimismo, pero, igualmente, en el dar forma y así desentrañar los tantos posibles sentimientos que la mujer abarque, se otorgue o, incluso, la disocien.
Será, por tanto, esa virtud del escultor para adentrarse, a través de la forma que delata la figura femenina, en la esencia propia que la mujer se concede. No en eso dado en llamar 'alma femenina', sino en la entraña por la que ella se reconoce un ser diferencial y único. Honra a Cayetano Guerra, escultor, que partiendo del conocimiento que le depara las distintas tendencias que la escultura de la modernidad en el siglo XX le traen, concluya, de manera resolutiva, en una estancia de intimidad en su relación con las formas posibles, y sus derivaciones, que el estro femenino le procuran.
Un único pero, tal vez, que poner a la muestra sería su carácter en exceso totémico en la distribución de las piezas, el de ubicarlas para una única visión para el espectador, la frontal. Quizá, y en efecto, el espacio no da más de sí ni posibilita la facilidad de apreciar las piezas en su conformación total y volumétrica, pero, al menos con alguna de ellas sí que se podría haber procurado. Sólo queda recomendar que no dejen pasar la oportunidad y se acerquen a visitarla pues, sin duda, merece la pena apreciar el trabajo de calidad y, ante todo, la dedicación –callada y austera, apartada y pura– de por vida, de un escultor tan escaso como escurridizo en presencia pública como Cayetano Guerra.






























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