Títeres
Siempre acaba emergiendo. Sea por una u otra causa, su presencia parece volverse necesaria. Me refiero al terrorismo y todo lo que en su entorno se vislumbra. Vaya por delante, por si suscitase alguna duda, mi repugnancia a todo lo que suponga un acto de violencia, que a la vez genere terror. Repugnancia que he de hacer extensiva a toda forma de violencia y de terrores derivados. Ahora bien, de ahí a ver enaltecimiento del terrorismo en cualquier manifestación, sea cual sea esta, dista una enorme distancia. No podemos permitir que se tome con frivolidad el terrorismo y, menos aún, que se utilice para execrar al contrario. Dicho de otro modo, hagamos un uso comedido y adecuado del asunto, sin utilizaciones interesadas. Menos aún, para utilizar el terror para infundir miedo, como parecen hacer algunos personajes de escaso argumento.
Que las víctimas del terrorismo, cualquier tipo incluso del generado por un Estado golpista, deban ser adecuadamente atendidas, no ha de promover duda alguna. Que por el hecho de haber sido víctima de tales actos requieren de respeto a su situación, también es algo en el que se puede coincidir sin que se produzca atisbo alguno de vacilación. Ahora bien, dicho lo cual habrá también que aseverar que son merecedoras de tranquilidad, sin que se les pueda estar sometiendo continuamente a una utilización espuria, de cara a ganar réditos políticos, o de cualquier otra índole, con su aprovechamiento. En síntesis, hagamos del respeto a tales víctimas la constante, sin aprovechar cualquier circunstancia, por distante que parezca, para provocarles tensiones innecesarias.
Que el espectáculo de títeres pudo haber generado repulsa, no sólo por el fondo sino por la forma, es algo sobre lo que no voy a entablar discusión de cualquier naturaleza, sin abordarla porque alguien se exprese en esos términos. Que quienes tuvieron en su mano la gestión del espectáculo, sobre todo a qué público iba dirigido, erraron no sé si voluntaria o involuntariamente, tampoco me cabe duda. Que ese mismo espectáculo, sin tanto aspaviento, ya se representó en Granada capital, donde gobierna ese partido de bien (basta con pasear por Valencia, sin ir más allá), y no hubo ni detenidos ni peticiones de dimisión, también es un hecho constatable. Claro, no era necesario materializar esa campaña permanente de acoso y derribo, donde cualquier excusa es buena para atacar a la alcaldesa, que no solo no es de su cuerda sino que impidió a la lideresa obtener la alcaldía de Madrid. Jamás te lo perdonarán, Carmena, jamás, que le impidieses ostentar la alcaldía a la lideresa madrileña. Quizá por ahí se mueva la cosa.
De otro lado, quizá por ello esté ocupándome de este asunto, está el trato dispensado a quienes movían los títeres. Es cierto que en el momento de acabar estas líneas ya no están en prisión; sin embargo las medidas dictadas, junto al mantenerlos acusados de delitos que suponen cárcel, continúa generando una clara situación de repulsa. Porque basta con escuchar declaraciones de los autores de los hechos, objeto de criminalización, para corroborar el exceso cometido con todo este asunto. Coincidían los titiriteros en la no procedencia de la obra para público infantil, recalcando el destino de la obra para público adulto, donde la sátira (guste más o menos) solo podría ser entendida por este tipo de personas. Cuando se conoce el motivo de la medida de prisión: evitar la reincidencia en el delito, evitando asimismo la posibilidad de sustraerse a la acción de la justicia, casi que causan risa si no fuese por la gravedad del hecho de la pérdida de libertad. Sobre todo, porque me resulta exagerado esos delitos d que se les atribuyen: enaltecimiento del terrorismo e incitación al odio. Ni lo uno ni lo otro casan bien, si tenemos en cuenta que se trata de un mero espectáculo de títeres – con una crítica más o menos atinada – donde todo se concreta en la sátira. Salvo que intenten criminalizar la sátira, entonces estaríamos hablando de otra cosa.
A partir de ahora, con esas leyes en vigor (si son éstas y no su interpretación sesgada), habremos de andar con pies de plomo pues, cualquier expresión podría tomarse como enaltecimiento del terrorismo. Dicho de otro modo, la libertad de expresión se encuentra en horas bajas. O te piensas demasiado qué vas a decir o, por un desliz o interpretación torticera, podrías verte con tus huesos en la cárcel, para evitar que incurras de nuevo en esa expresión. Tendríamos, me pregunto, que ser menos activos en determinados asuntos, para evitar en otros casos un pasmoso "mirar hacia a otro lado", esperando ver cómo el tiempo va desbrozando la situación, dejando una nítida limpieza, adecuada a los cánones estéticos del momento. No sé, ahí sí tengo un montón de dudas, tantas que acabo ahogado como un títere en un barril de vino.
Sea como sea, algo está sucediendo y no es beneficioso para la sociedad. Podríamos, de seguir por esa línea, acabar autocensurándonos. Perdiendo cualquier atisbo de juiciosa crítica a todas y cada una de las situaciones susceptibles de someterse a la misma. De no ser así, muchas de las tropelías (quizá busquen eso) pasarían desapercibidas, temiendo que nos encaucen por enaltecer terrores o incitar a odios. Digo yo, dime qué pregonas y te diré cuáles son tus intereses. Esperemos, por el bien de la población en general y de las actividades culturales en particular, que las aguas vuelvan pronto a su cauce porque, de momento, parece ir desbordado el río.




























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