El país del olmo seco
Vivimos en un mundo donde, a pesar de los avances técnicos, la comunicación no avanza; es más, en ocasiones ni se produce ni siquiera se la espera. Los medios de comunicación, tan deficientes en estos tiempos asirocados, parecen marcar la pauta a los partidos y todos hablan de "las claves" de la negociación, de los límites de "las líneas rojas" y hasta se convierten en voceros de barones y baronesas de afiladas lenguas de Albacete.
Aunque los tiempos hayan cambiado una barbaridad, la comunicación y el diálogo parecen estar escondidos aun en las profundidades de las cuevas de Altamira o en la del Cisco de la montaña de Arucas. Como la mediocridad lo invade todo, "y el poder es mío y solo mío", el país parece avanzar porque un día se puso en marcha, y ahí sigue tras la inercia inicial. La prepotencia anterior convirtió el hemiciclo en un páramo como el de las hermanas Brontë. Bueno, no, peor. Porque como solo conjugaban el verbo "recortar", la expresión se redujo considerablemente al mismo tiempo que el aislamiento crecía y "las cabezas se jibarizaban". Y así hemos llegado a la situación actual: nubosidad variable.
El olmo seco que cantara Machado está más vivo que nunca, pero no gracias a la ramita verde que en él brotaba. Generosidad, capacidad de llegar a acuerdos razonables, evolución del pensamiento y escuchar al otro, al nuevo, al diferente: eso es lo que no se produce y lo que la sociedad demanda a los políticos. Pero no parecen darse cuenta. Cada uno en su parcela, adosada o no, "y las camas sin hacer". Ustedes me entienden.
La pertinaz (¡vaya, se me ha colado un término franquista!) sequía del diálogo y del sentido de Estado ha mucho tiempo que desaparecidos están del Parlamento y, en consecuencia, de nuestras vidas. Por eso hay que buscarlos denodadamente. Porque sin ellos estamos perdidos.
Todos.




























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